Guerra psicológica, destrucción de los vínculos
y crisis demográfica Argentina
Lic. Romina Anabelle Caceres
La caída de la natalidad argentina no es un fenómeno demográfico natural: es el resultado de una guerra psicológica. Una guerra psíquica, no necesita invadir físicamente un territorio: basta con desarmarlo psicobiológicamente para que el pueblo que lo habita termine entregando su futuro a intereses globalistas que, desde una concepción malthusiana y eugenésica, nos consideran demasiados y sobrantes.1
La crisis demográfica es el síntoma más preocupante de una crisis mucho más profunda. Es la señal máxima de autodestrucción de una sociedad que se ha despojado de algunos de sus más importantes mecanismos civilizatorios y estructurantes a nivel psíquico. Argentina perdió cuatro de cada diez nacimientos en apenas una década. Sin embargo, los niños no desaparecen espontáneamente. Analizando la variable psicobiológica, repito, de esta guerra psíquica, tenemos que entender que, antes de hacer caer la demografía, es necesario generar un deterioro sin precedentes de los vínculos que hacen posible la formación de familias, la cooperación entre los sexos y la construcción de proyectos compartidos que posibilitan la continuidad generacional.
Los siguientes indicadores nos ayudan a completar el rompecabezas. Seis de cada diez hogares argentinos ya no tienen hijos menores de edad. Uno de cada cuatro hogares está compuesto por una sola persona. Uno de cada seis argentinos experimenta soledad. Uno de cada seis adultos enfrenta problemas de infertilidad. Los jóvenes mantienen menos relaciones sexuales que las generaciones anteriores, forman menos parejas estables, se casan menos y tienen menos hijos. Paralelamente, uno de cada dos matrimonios termina en divorcio y el consumo de pornografía ha alcanzado niveles sin precedentes: siete de cada diez jóvenes la consumen regularmente y los ocho años constituyen la edad de inicio del consumo. Por primera vez en la historia, millones de personas acceden cotidianamente a estímulos sexuales mientras disminuyen, de manera simultánea, la intimidad real, la formación de parejas y los proyectos familiares estables.
Cuando los datos son observados en conjunto, dejan de parecer fenómenos independientes. La baja natalidad, la soledad, la infertilidad, la expansión masiva de la pornografía, la disminución de la actividad sexual real, el aumento de los divorcios y la fragmentación familiar forman parte de un mismo proceso histórico: una crisis absoluta de vinculación, provocada por cambios culturales inducidos por estructuras de poder biopolíticas. En menos de cien años, nos hemos desprendido de todos los mecanismos evolutivos y tecnologías culturales para la regulación social de la sexualidad y, por ende, de la demografía. No estamos frente a una simple transformación demográfica, sino frente al debilitamiento progresivo de los mecanismos biológicos, psicológicos y culturales que, durante generaciones, permitieron a hombres y mujeres confiar, cooperar, formar familias y proyectarse hacia el futuro.
Algunos podrían sostener que la revolución tecnológica aplicada a la sexualidad humana —con la píldora como ejemplo paradigmático— nos ha liberado de los controles biopolíticos ejercidos sobre nuestros cuerpos. Nada más alejado de la realidad. Esa idea parte de un supuesto profundamente reduccionista: creer que controlar la reproducción equivale a controlar todos los efectos biológicos, psicológicos y vinculares del acto sexual. Pero impedir la concepción no desactiva los sistemas de apego, recompensa, selección de pareja ni regulación afectiva que la evolución integró a la sexualidad humana durante millones de años. Y aquí aparece uno de los aspectos más devastadores del problema: todo esto prácticamente no se enseña en los currículos de educación sexual, que ignoran la evidencia biológica. Cuando desconocemos cómo nuestra biología participa en la organización de la conducta y de la salud mental, no aumentamos nuestra libertad: aumentamos la irresponsabilidad y, con ella, la aparición de síntomas físicos y mentales.
En psicología se ha estudiado la denominada paradoja de la felicidad femenina, que expone una de las contradicciones más inquietantes de nuestra época: nunca antes hemos tenido tal nivel de libertad, sobre todo las mujeres, y, al mismo tiempo, hemos observado un deterioro sin precedentes de su bienestar psicológico.2La liberación sexual, cuando es impulsada por transformaciones culturales de laboratorio social, transformaciones tecnológicas y farmacológicas, sin una comprensión equivalente de todos sus costos biológicos, no nos emancipa de los mecanismos de control biopolítico; todo lo contrario. Estas tecnologías químicas —especialmente la anticoncepción hormonal— y la propaganda colonizan el cuerpo hasta tal punto que modifican la percepción, el deseo, la elección de pareja y la experiencia del vínculo sexo-afectivo. Se vendió la idea, de haber liberado el cuerpo de sus límites, pero terminamos entregándolo a nuevos sistemas de control: el mercado, la industria farmacéutica, la pornografía y los algoritmos; mucho más invasivos, lucrativos y difíciles de reconocer. No hemos eliminado el control; simplemente se ha vuelto invisible.
Si hablamos de despoblación y control biopolítico, tenemos que hablar de anticonceptivos. Primero, los anticonceptivos hormonales femeninos, cuando se consumen a largo plazo, disminuyen la fertilidad femenina3, pero no sólo eso, los anticonceptivos no actúan sólo en los ovarios, modifican por completo el cerebro y la psicología de la mujer a tal punto que la hacen elegir parejas menos masculinas, disminuyen su percepción de peligro y producen cambios en su estado de ánimo, asociados a síntomas mentales. Padres: ¿han escuchado alguna vez esto? ¿Se dan cuenta de la implicancia social cuando esto se masifica?
Para poder pensar en soluciones, tenemos que identificar las causas. La principal causa de la crisis demográfica en Argentina y en todo el mundo, es la postergación de los matrimonios y de los hijos. Los estudios analizan que, cuanto mayor es la formación de un
determinado sector social, menor es el índice de nacimientos. Pero el tema no es la educación, sino qué tipo de educación estamos propiciando, que termina imponiendo soslayadamente una postergación, sobre todo para la mujer, que es quien tiene el reloj biológico. Esta educación, promovida como punta del iceberg por la ONU, que quiere reducir la fertilidad mundial de manera urgente, ha logrado instaurar una maquinaria de propaganda tan profundamente arraigada en nuestra cultura que seguramente no exista una mujer menor de 50 años que no haya escuchado hasta el cansancio: “Solo estudien, tengan una carrera, sean exitosas y no dependan de nadie”.
Ahora bien, para comprender, por qué es que la epidemiología argentina y mundial nos revela todo esto, necesitamos comprender que los seres humanos desarrollan su capacidad de amar, confiar y vincularse dentro de sistemas de apego neuronales estables. Cuando aumentan las separaciones familiares, los divorcios, el abandono emocional, la crianza inconsistente, la ausencia de figuras parentales, la escolarización a edades cada vez más tempranas y la incertidumbre afectiva; se deterioran precisamente las condiciones neuronales, que favorecen la formación de vínculos seguros. Para que ustedes se den una idea de cómo condiciona éste trauma temprano, al sistema de apego y cerebro de un niño, los estudios nos muestran que menores de tres años que asisten a guarderías o jardines maternales, presentan niveles altísimos de cortisol en saliva. La biología no está diseñada para esta separación temprana, pero la clave es que eso sugestiona a tal punto al sistema nervioso, que los receptores de oxitocina que es la hormona del amor, quedan bloqueados en el cerebro, provocando posiblemente, que ese niño crezca con miedo a formar familia y nuevamente, tener hijos. 4
La tragedia social comienza en la banalización, nuevamente inducida a través de la propaganda, de los divorcios. La posibilidad de que existan nuevos nacimientos va a depender de la forma en que una generación aprende a amar, confiar y comprometerse. Cuando numerosos niños crecen asociando el hogar con abandono, imprevisibilidad o conflicto, muchos de ellos desarrollarán estrategias ansiosas (búsqueda de validación y temor al abandono) y otras estrategias evitativas (autosuficiencia defensiva, rechazo de la dependencia y temor al compromiso). Estas respuestas neurobiológicas, van a determinar, la formación y estabilidad de las familias futuras. Si a esto le agregamos una cultura que presenta el compromiso como pérdida de libertad, la maternidad o la paternidad como obstáculos y la realización individual como único proyecto legítimo; tenemos como resultado a la sociedad actual, que posterga lo máximo posible la pareja estable y la decisión reproductiva.
Un mamífero, como el ser humano, no pierde naturalmente su deseo de reproducirse. ¿Saben ustedes cuánta propaganda se requiere para lograr esto? Solo es posible cuando previamente se realiza la destrucción simbólica, química, biológica, social y cultural, de nuestra sexualidad. Yuri Bezménov, ex militar y del servicio de inteligencia rusa KGB, describía que para someter psicológicamente a una población, el primer paso es atacar los cimientos morales, lingüísticos y simbólicos de un pueblo, para que no pueda distinguir realidad de manipulación, lo verdadero por sobre lo falso. El feminismo en sus versiones más extremas y sesgadas ha instaurado la lógica de la dominación en la dinámica sexual entre hombres y mujeres. Ha interpretado parcial y deliberadamente nuestra historia, para presentarnos una versión de víctimas (mujeres) y victimarios (varones). Un relato parcial, de nuestro recorrido como especie, entendido como dominación hacia las mujeres, a través de pactos hechos por varones, sujetos moralmente inferiores, por su propia condición biológica5. Esto, no sólo no ha ayudado a las mujeres, ya que instaura una causa ficticia y sesgada de su sufrimiento histórico, sino que, además, crea un nuevo peligro persecutorio: la sospecha permanente de un pacto masculino invisible destinado a cosificarla y someterla, convirtiendo así a todo varón en culpable potencial, no por sus actos, sino por su propia condición. Ninguno de nosotros, estaríamos aquí, si no hubiera habido una cooperación incondicional, por sobre toda diferencia y dificultad, entre varones y mujeres.
Que se haya destruido la confianza entre hombres y mujeres propició que surja el sustituto ideal para este poder que nos quiere despoblar: la lógica mercantilista aplicada al amor. La revolución sexual propició que la sexualidad, pase del compromiso, responsabilidad, estabilidad y proyecto compartido, a puro consumismo relacional: satisfacción inmediata y reemplazabilidad constante. El otro deja gradualmente de ser percibido como un compañero de construcción biográfica para convertirse en una fuente transitoria de gratificación emocional o sexual. Del mismo modo que en el mercado los productos son comparados, evaluados o descartados, las relaciones son experimentadas bajo criterios similares de eficiencia, satisfacción y despojo. Vemos entonces que la crisis contemporánea de natalidad, soledad, divorcio, pornografía e infertilidad no aparece como una suma de fenómenos aislados, sino como diferentes expresiones de una misma transformación cultural inducida: la progresiva mercantilización de la vida afectiva.
El placer, ya lo vaticinó Aldous Huxley, es la forma actual de control. Solo una persona adormecida por el éxtasis del placer diario puede aceptar restricciones ilegítimas o, en el tema que nos trae hoy aquí, entregar a su propia descendencia. El placer constituye un mecanismo evolutivo, sí, pero fue pensado para favorecer nuestra reproducción, hacernos propensos a apegarnos y a cooperar con el otro sexo en el cuidado de las crías. Ya podrán imaginar qué sucede cuando se pone el carro delante del caballo; en este caso, cuando se persigue como fin el placer propio o hedonismo, en lugar de la felicidad que surge de la entrega, el trabajo en equipo y el compromiso sostenido. Cerebralmente, amputamos a toda una población de una parte fundamental de su evolución biológica: se atrofian estas funciones cerebrales de apego y tiende a predominar únicamente la activación de circuitos dopaminérgicos asociados al placer, la recompensa inmediata, la novedad y la búsqueda de estimulación.
La pornografía es el más grande disruptor hormonal de nuestra época. Destruye a una sociedad a través de un placer sin límites, que genera rápidamente adicción y que a largo plazo se asocia con alteraciones hormonales y reproductivas, especialmente en exposición temprana de niñas, provocando, por ejemplo, pubertad precoz. 6Además, disminuye la funcionalidad y el grosor de la corteza prefrontal y, en última instancia, destruye los sistemas neurobiológicos cerebrales del apego, especialmente en los hombres, por su propia configuración biológica.
Bezménov nos advertía: la confusión inducida es la clave para el control social y, por ende, demográfico. Hoy en día, tenemos una educación sexual, que no puede definir, qué es una mujer. La ESI, educación sexual integral con perspectiva de género, es la instauración de la confusión en niños, pieza fundamental de la guerra psicológica para la despoblación. Definir qué es una mujer nos ayuda a entender cómo tenemos que organizar la sociedad, para revertir esta tragedia. Las hembras, en casi toda la naturaleza, son el sexo que más invierte físicamente en la reproducción, esto se denomina inversión parental en biología, y determina un comportamiento y una psicología completamente diferentes entre machos y hembras. Por tanto, particularmente para la especie humana, que tiene crías absolutamente dependientes, la supervivencia y el bienestar de ese hijo, dependerán de un coordinado trabajo en equipo. Varones ayudando incondicionalmente a sus mujeres, en esta tarea tan compleja y maravillosa.
Y esto nos lleva, en última instancia, a abordar el aborto, que, más allá de haber eliminado legalmente a medio millón de argentinos, destruye psicológicamente a una sociedad al provocar la ruptura del pacto de cooperación por excelencia entre hombres y mujeres. El aborto fue vendido como la máxima expresión del empoderamiento femenino; sin embargo, su institucionalización ha destruido, psíquica y socialmente, la alianza reproductiva entre hombres y mujeres. Al presentar el embarazo como una contingencia que debe resolverse exclusivamente dentro del cuerpo femenino, hemos debilitado simbólica y jurídicamente el mandato de responsabilidad masculina: si la decisión final sobre la vida del hijo recae solo sobre ella, él se siente prescindible frente a las consecuencias. Tenemos que entender que una de cada tres mujeres que solicita un aborto menciona motivos vinculados con la pareja, como abandono, falta de apoyo, inestabilidad o negativa del varón a asumir la paternidad. El aborto no libera a la mujer del poder masculino, sino que libera al varón de su compromiso. Lo que fue presentado como emancipación terminó institucionalizando la forma más radical de vulnerabilidad femenina: enfrentar sola la tarea reproductiva, que fue creada para afrontarse entre dos.
Para lograr rescatar a la Argentina de esta crisis demográfica, necesitamos una educación biológica y fáctica de manera urgente. Cuando se reduce la educación sexual al anticonceptivo y a la satisfacción inmediata, se entregan cuerpos biológicamente maduros a psiquismos aún inmaduros y que desconocen cómo el sexo activa el apego, ansiedad, búsqueda de validación, evitación afectiva y conflicto reproductivo. El resultado no es libertad, ya que la libertad es siempre en responsabilidad, sino desorientación: hombres entrenados para desvincular deseo de responsabilidad, mujeres que pueden descubrir demasiado tarde que la autonomía profesional no suspende el tiempo reproductivo. Generaciones enteras, incapaces de convertir la atracción en compromiso, el compromiso en familia y la familia en continuidad histórica. Les pido que investiguen, corroboren, superen sus obstáculos internos y trasladen esto a sus familias, barrios, comunidades. De eso depende el futuro y la soberanía de nuestra nación.
Un territorio, se sostiene en soberanía con población, enfrentemos esta guerra, con información científica y trabajo en comunidad, solo las familias fuertes y unidas pueden generar las respuestas que necesitamos ante tanto ataque. Recuperemos y fortalezcamos los valores que hicieron grande a esta patria. No teman a la verdad, porque aunque duela o moleste, siempre nos hace libres.
NOTAS
1. Hania Zlotnik, directora de la División de Población, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas (UN DESA), declaraciones con motivo de la presentación de las proyecciones demográficas de Naciones Unidas, World Population Prospects: The 2008 Revision, Nueva York, 2009: “Para lograr la supervivencia y bienestar de la población y del planeta es absolutamente necesario disminuir la fertilidad”
2. Stevenson, Betsey y Justin Wolfers. “The Paradox of Declining Female Happiness”. American Economic Journal: Economic Policy, vol. 1, n.º 2, 2009
3. Nayana Talukdar, Yaakov Bentov. “Efecto del uso prolongado de la píldora anticonceptiva combinada oral sobre el grosor endometrial” PMID: 22825095, 2012.
M.A.M. Hassan, S.R. Killick: “¿El uso previo de anticonceptivos hormonales se asocia con un efecto perjudicial en la fecundidad posterior?” Human Production, Volumen 19, Número 2, 2004.
4. Watamura, S. E., Donzella, B., Alwin, J., & Gunnar, M. R. (2003). “Morning-to-Afternoon Increases in Cortisol Concentrations for Infants and Toddlers at Child Care: Age Differences and Behavioral Correlates”. Child Development. DOI: 10.1111/1467-8624.00583.
5. Susan Griffin, “Rape: The All-American Crime”, Ramparts, vol. 10, n.º 3, septiembre de 1971, pp. 26–35, esp. p. 30. Allí Griffin sostiene que, si se compara al violador con el varón heterosexual dominante promedio, la diferencia puede ser “mainly a quantitative difference”. Andrea Dworkin, “Feminism: An Agenda”, en Letters from a War Zone: Writings 1976–1989 (Brooklyn, NY 1993), p. 146. Dworkin afirma explícitamente que todos los hombres, se benefician de la violación.
6. Erdenetuya Bolormaa, Yusra Mirghani Aljailani Fadhulalla: “Tiempo frente a la pantalla y desarrollo puberal: una revisión sistemática y metaanálisis” PMID: 41198596, 2025.