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Crímenes contra niños y adolescentes: hormonización y castración química. Romina Cáceres expone en el Senado Argentino.

Crímenes contra los niños y adolescentes argentinos: terapias afirmativas en disforia de género

Lic. Romina A. Caceres.

Estamos presenciando uno de los crímenes más aberrantes de los últimos tiempos: el daño permanente e inconmensurable de niños y adolescentes. Todo esto es posible porque el discurso alrededor del género, con el que se pretenden sustentar estos crímenes, está plagado de contradicciones. La contradicción desorganiza el pensamiento; el pensamiento desorganizado es más fácil de controlar.

La contradicción es la forma comunicacional predilecta de un mecanismo de poder psicopático que pretende la destrucción mental del receptor. Sin embargo, para el tema que nos trae aquí, la destrucción de los niños y adolescentes argentinos ya no es solo psíquica: es total. La hormonización o cualquier otra intervención planteada para púberes o adolescentes con disforia de género es irreversible porque, una vez realizado este proceso, no existe posibilidad de regresar al estado biológico original.[1] Pero, ¿saben qué más? Es también irreparable. ¿Cómo se podría retribuir a una persona que fue esterilizada y amputada de un órgano sano y que, a sus 25, 30, 40 o 50 años, se dio cuenta de la mala praxis? ¿Le han quitado su posibilidad de tener hijos, han dañado su cuerpo, su cerebro y, lo más grave, no le han ayudado a resolver sus dificultades psicobiológicas iniciales? ¿Cómo se repara este daño? ¿Con dinero? ¿Con terapia?

Lo que estamos tratando aquí es una guerra contra los niños: una guerra psicobiológica. ¿Por qué? Porque su primer paso es la destrucción del pensamiento. Ningún psiquismo puede construirse de manera saludable si se lo separa del principio de realidad, y ese principio comienza por reconocer nuestra biología. Pero, además, para ayudar a un niño a construir una identidad sólida, esa realidad debe incluir, primero, una educación profunda sobre qué implica ser biológicamente niña o varón, cómo funciona el cerebro en cada sexo y qué diferencias psicológicas y conductuales pueden aparecer, en promedio, a lo largo del desarrollo. Hay un investigador que incluso probó que esas diferencias entre varones y mujeres son innatas, observables desde sus primeros días de vida. Simon Baron-Cohen descubrió que, desde el nacimiento, tenemos un proceso atencional distinto entre varones y mujeres. Sin embargo, la educación sexual que tenemos hoy, que se apoya en la perspectiva de género y no en la biología, omite todo esto, propiciando este primer paso en la guerra contra la mente de nuestros niños.

El segundo paso en esta guerra, después de haber confundido al niño, es la manipulación del lenguaje a través de la contradicción. Les voy a nombrar las dos contradicciones del discurso de género más destructivas:

1. Primera contradicción: “La biología no determina quién sos; pero, para poder expresar tu identidad, tenés que modificar tu biología con hormonas o cirugía”.

2. Segunda contradicción: “Los estereotipos de género son opresivos; pero éstos mismos estereotipos opresivos, se usan para definir la identidad de género.”

Por ejemplo: si una niña prefiere actividades culturalmente consideradas masculinas, no necesitamos concluir que hay algo equivocado en su condición de mujer; sin embargo, para los defensores del género, sí, es señal de incongruencia de género.

La psicología de la personalidad y la psicología evolucionista muestran que hombres y mujeres presentan, en promedio, ciertas diferencias: por ejemplo, las mujeres tienden a puntuar más alto en algunos rasgos vinculados con la empatía, la compasión o la inteligencia emocional, mientras que los hombres muestran ventajas promedio en determinadas capacidades visoespaciales y algunos componentes de la asertividad. Pero hay algo decisivo: esas distribuciones se superponen en ambos sexos. Existen hombres sensibles y empáticos, y mujeres asertivas, competitivas o con capacidades espaciales muy elevadas. Y ninguno de esos rasgos cambia su sexo. Una mujer no se vuelve menos mujer porque su personalidad se aleje del promedio femenino; lo mismo ocurre con un varón. Confundir ambas cosas es científicamente incorrecto y, además, puede producir una paradoja profundamente regresiva: pretender liberar a las personas de los estereotipos sexuales terminando por convertir esos mismos estereotipos en criterios de identidad.

Segundo paso de guerra psicológica: premisas contradictorias. Esto, en psicología, se conoce como doble vínculo y, adivinen qué, hasta genera síntomas mentales. Con esta educación esquizoide y anticientífica, logramos que el niño no tenga una brújula simbólica con la que operar en el mundo. Estado de máxima vulnerabilidad.

El tercer y último paso filosófico en el que se afirma esta guerra psicológica, es la lucha contra nuestra naturaleza. No solo porque se afirma en un principio que niega la realidad, sino porque la misma teoría queer de género implica que no hay ninguna verdad objetiva universal. Todo es relativo. Lo que tenemos aquí es desprecio por nuestra naturaleza humana, que permite y propicia la experimentación con seres humanos. Lean los correos electrónicos de los archivos de Jeffrey Epstein, abusador de niños. Consulten específicamente, los documentos que hablan sobre la experimentación en niños para investigar sobre el fenómeno de la transexualidad. Epstein pedía expresamente: experimentación con niños para crear nuevos fenotipos sexuales humanos.

Argentinos, ¿están dispuestos a que nuestros niños sean objeto de experimentación?

Es necesario, en este punto, realizar un revisionismo histórico de los cuatro pilares académicos más importantes que intentan esta barbarie de hormonizar y mutilar adolescentes:

  • Sigmund Freud, primero al promover la idea de la sexualidad infantil, del niño como perverso polimorfo, acusado por críticos como Jeffrey Masson de haber construido toda su teoría de etiología de las neurosis encubriendo a abusadores poderosos de la Viena victoriana. Esto implica, que la teoría de complejo de Edipo, sería un fraude.
  • John Money, propició el concepto de IDENTIDAD DE GÉNERO, una teoría radical construida sobre la estafa pública y el abuso sexual infantil, con el trágico caso de David Reimer como emblema. Recordemos que este perverso, soñaba con una sociedad de castrados.
  • Alfred Kinsey, padre de la sexología, con una investigación sesgada y manipulatoria, propuso tablas de comportamiento sexual, incorporando como datos científicos, registros producidos por un adulto que describía contactos sexuales con niños. Luego los utilizó para caracterizar la respuesta sexual infantil.[2]
  • Judith Butler, que llevó la ruptura al terreno filosófico al teorizar el género como performativo. Inicio de la posverdad sexual.[3]

La disforia de género ha aumentado de manera extraordinaria en los últimos 15 años. Pero el cambio más llamativo no es solo la cantidad, sino quiénes consultan: históricamente predominaban los varones; hoy, más del 85%, son adolescentes mujeres. Es un cambio demasiado rápido como para explicarlo por una transformación biológica de la población. Por eso, la hipótesis más adecuada, es la del contagio social: el sufrimiento es real, pero la forma en que se interpreta y expresa, depende de la cultura, las redes sociales y los grupos de pares. Ya vimos fenómenos históricos parecidos con autolesiones, trastornos alimentarios y otros cuadros que se expanden dentro de determinados grupos. La biología humana no cambió en una década; el entorno cultural sí.[4]

Entender esto nos ayudará a evitar que nuestros niños sufran, sean medicalizados de por vida o se vuelvan dependientes de la industria farmacéutica. Si no lo hacemos, caemos en una nueva forma de sesgo social que, ante un dolor propiamente femenino, definido en cada una de sus células y en su cerebro, le sugiere que, para resolverlo, tiene que convertirse en un varón. Estas ideologías, además de ser perversas y constantemente contradictorias, encubren nuevas y suspicaces formas de destrucción de las mujeres y de los varones.

Y hay dos dimensiones que no podemos permitirnos ignorar, para abordar seriamente este tema:

La primera clave es brutalmente simple: a partir de la pubertad, ¿Quién corre mas peligro en la naturaleza, las hembras o los machos? Obviamente, las hembras. Puede quedar embarazada, gestar y cargar con consecuencias biológicas que el varón no enfrenta de la misma manera. Esa asimetría reproductiva forma parte de nuestra historia evolutiva y se refleja, en promedio, en determinadas tendencias psicológicas: 1) mayor vigilancia frente al peligro; 2) mayor sensibilidad a la aceptación y al rechazo social; 3) mayor atención a los vínculos y a la reputación; 4) mayor impacto psicológico de la exclusión del grupo; 5) mayor sensibilidad a señales interpersonales y relacionales. Y justamente todo esto se intensifica en la adolescencia, cuando el cerebro se vuelve especialmente sensible a la evaluación de los pares. Por eso, si queremos entender por qué ciertos fenómenos sociales se concentran en adolescentes mujeres, no podemos borrar la biología de la pubertad del análisis.

¿Cuál es la mejor terapia que un niño o adolescente puede tener? Primero: la de entender qué le está ocurriendo, qué transformaciones emocionales son frecuentes durante esta etapa y cuáles constituyen señales de sufrimiento que requieren atención clínica. No todo malestar corporal posee el mismo origen ni significa necesariamente lo mismo.

Y esto nos conduce al segundo punto: la comorbilidad. Antes de interpretar el rechazo del propio cuerpo desde una única explicación, hay que realizar una evaluación clínica integral. ¿Existe depresión? ¿Ansiedad? ¿Autolesiones? ¿Trastorno alimentario? ¿Dismorfia corporal? ¿Trauma? ¿Bullying? ¿Rasgos obsesivos? ¿Autismo o TDAH? ¿Conflictos familiares o dificultades vinculadas con la sexualidad y el desarrollo puberal? En casi el 100% de los casos a nivel mundial, la disforia de género viene acompañada de estos otros síntomas y de acuerdo al mayor investigador histórico del tema, Kenneth Zucker en cohortes infantiles históricas, la disforia de género no persistía hasta la adultez joven en la mayoría de los casos. Lo que nos obliga a actuar con extrema cautela, antes de interpretar como permanente un malestar que puede cambiar a lo largo del desarrollo.

Estos niños que hoy sufren lo que se conoce, como disforia de género de inicio rápido, en cifras inéditas y sin antecedentes previos, están atravesando experiencias que ninguno de nosotros, los adultos, vivió durante su desarrollo. Una de ellas es la exposición permanente a un mundo digital diseñado para capturar la atención y alterar la conducta. Basta con revisar los últimos juicios contra Meta y las acusaciones formuladas sobre sus plataformas: allí se viene probando, que el modo en que los algoritmos funcionan, generan adicción, producen e intensifican síntomas mentales y exponen de manera sostenida a niños y adolescentes a contenidos dañinos.

La Ley de Identidad de Género Argentina actual, dice que “deberá respetarse la identidad de género adoptada por las personas, en especial por niñas, niños y adolescentes, que utilicen un nombre de pila distinto al consignado en su DNI”. Vemos como la ley, obviando toda evidencia científica, epidemiológica, sociológica y biológica, incita a los padres a ir en contra, de la propia biología y desarrollo de los niños, teniendo en cuenta que el cerebro termina de desarrollarse a los 25 años. Que algo sea legal, no significa que sea legítimo o ético. No caigamos en las trampas psicopáticas de esto, que ya vemos que es una guerra criminal contra la salud de niños y adolescentes. Otra contradicción discursiva de la dictadura del género, es patologizar a aquel que opina distinto, o cuestiona sus postulados, incluso ellos embanderados con la consigna de la despatologización. Pura manipulación de chantaje y miedo, para controlar y generar pensamiento único. Si usted está escuchando esto y alguna vez tuvo dudas, cuestionó estas ideas o sintió miedo de decir lo que piensa, entienda algo: no está solo. Hay muchísimas personas pensando lo mismo y callando por temor, no caigamos en la espiral del silencio, NECESITAMOS HABLAR Y CUESTIONAR, AÚN TEMIENDO. Los más vulnerables, nos necesitan.

Y termino hablándole directamente a todo aquel que tenga un mínimo de injerencia, para frenar estos crímenes:

¿A quiénes van a servir estimados? ¿A la industria, o a la protección de los más débiles?

¿De que lado de la historia van a estar? Lo dejo librado a sus consciencias y a su humanidad.


Citas y referencias

[1] Van der Loos, M. A. T. C., Vlot, M. C., Klink, D. T., Hannema, S. E., den Heijer, M., & Wiepjes, C. M. (2023). “Bone Mineral Density in Transgender Adolescents Treated With Puberty Suppression and Subsequent Gender-Affirming Hormones”. JAMA Pediatrics, 177(12), 1332–1341. DOI: 10.1001/jamapediatrics.2023.4588.

Ciancia, S., Dubois, V., & Cools, M. (2022). “Impact of gender-affirming treatment on bone health in transgender and gender diverse youth”. Endocrine Connections, 11(11), e220280. DOI: 10.1530/EC-22-0280.

[2] Alfred C. Kinsey, Wardell B. Pomeroy y Clyde E. Martin, Sexual Behavior in the Human Male (Philadelphia: W. B. Saunders, 1948), especialmente cap. V, tablas 30–34. En dichas tablas se registraron supuestas respuestas sexuales y “orgásmicas” de niños preadolescentes. La procedencia de parte de esos datos generó posteriormente una importante controversia ética y metodológica: el propio Kinsey Institute reconoció que los datos de las tablas 31–34 incluían registros provenientes del diario de un hombre que había mantenido contactos sexuales con numerosos menores. Por ello, esos registros no pueden equipararse metodológicamente con observaciones clínicas controladas ni con una muestra representativa de la sexualidad infantil.

[3] “Quizá este constructo llamado ‘sexo’ esté tan culturalmente construido como el género; de hecho, quizá siempre haya sido ya género, con la consecuencia de que la distinción entre sexo y género resulta no ser, en absoluto, una distinción.” Judith Butler, El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad, trad. María Antonia Muñoz, Barcelona, Paidós, 2007 [ed. original: Gender Trouble, Routledge, 1990], cap. 1.

[4] Madison Aitken, Thomas D. Steensma, Ray Blanchard: “Evidence for an altered sex ratio in clinic-referred adolescents with gender dysphoria” (2015). PMID: 25612159.

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